Etapa 43: San Ferdinando – Messina (69 kms)

Después de una merecida jornada de descanso, hoy hemos continuado el pedaleo. ¡Ya hemos alcanzado tierras sicilianas!
El día ha salido con un sol convincente pero un aire ligeramente fresco, deliciosa combinación para el pedaleo.
Hemos dejado San Fernandino a eso de las diez, siguiendo la ya familiar SS18 o Tirrena Inferior. Para llegar a Gioia Tauro, hemos tenido que rodear su enorme puerto de mercancías que, como ya dijimos, es el más grande de Italia.

Desde allí hemos empezado un ascenso progresivo que nos ha llevado a cerca de los seiscientos metros sobre de altitud. La tierra cae abruptamente hacia el mar y no hay otro paso posible. Y hacia el interior se extiende la masa montañosa del Aspromonte, que conforma un enorme Parque Nacional con cumbres cercanas a los dos mil metros. En el camino de subida nos hemos encontrado con varios grupos de ciclistas aficionados. Uno de ellos nos ha recomendado acercarnos a un mirador que hay en la cumbre desde el que se ve el Estrecho de Messina, las Islas Eolias, el Cabo Vaticano… ¡Cómo le agradecemos la sugerencia!.

La vista que hay hipnotiza. Podrías estar horas y horas mirando. Además, en el mirador nos hemos encontrado con un simpático y amable chico llamado Salvatore. Hemos estado un buen rato charlando con él y ha resultado ser un gran conocedor de la zona. Dice que, cuando el trabajo le hace pasar cerca, siempre intenta venir a relajarse aquí. ¡Menudo sitio más apropiado para ello!

Nos ha contado muchas cosas del lugar ya que suele venir a menudo. Nos ha hablado del mágico efecto de fata morgana que se crea en algunos días de claridad. Es una ilusión óptica producida por diferencias térmicas en el aire. De hecho, el Estrecho de Messina es uno de los lugares más famosos en los que observar este fenómeno.

También hemos hablado del origen mitológico del paso de Escila y Caribdis, los dos escollos que custodian el paso del Estrecho. En la Odisea, Circe recomendó a Ulises acercarse a Escila porque, a pesar de perder algún hombre de la tripulación, salvaría al resto y a la nave, mientras que en el lado de Caribdis ninguno podría contarlo. Quien sabe si fue éste el lugar al que Homero aludió en el episodio, lo cierto es que la tradición lo ha situado aquí desde antiguo y a nosotros siempre nos gusta jugar a creernos en los escenarios del mito.

El pueblo ubicado junto a la roca de Escila se llama, como no, Scilla, y es un bello cojunto de casas derramadas en una ladera. Antes de llegar a él está el pequeño y bello puerto pesquero de Chianalea, donde Salvatore nos recomendó comer, pero llegamos tarde para ello.

Uno de los pescados que más se consumen por toda la costa calabresa es el Pez Espada y en estos restaurantes tenía pinta de que lo hacen muy bien. En fin, otra vez será. Al final hemos comido en el único sitio que hemos podido, un chiringuito de la playa de Scilla. La verdad es que las vistas eran inmejorables.

Por el camino hemos visto algún que otro barco pesquero con una persona en lo alto del mástil. No sabemos si será una técnica de pesca, ya que somos muy ignorantes al respecto, pero tiene que marear lo suyo ir allí subido.

Desde Scilla hemos pedaleado hacia Villa San Giovanni, el puerto desde el que se embarca a Sicilia. Hace tiempo que hay un proyecto para construir un puente entre la Península y la Isla, puesto que distan apenas tres kilómetros, pero hay mucha polémica sobre ello. El principal argumento en contra es la alta sismicidad de la zona, pero pensando en el Golden Gate de San Francisco no debe de ser imposible llevarlo a cabo. Lo cierto es que si yo tuviera el negocio de los barcos con los que tienen que atravesar cada día miles de personas y de camiones y coches no se si estaría muy por la labor de que hicieran un puente…

A nosotros, que venimos una vez, lo de cruzar en barco hasta nos resulta pintoresco, pero para la gente del lugar debe de resultar un incordio. Aunque si pensamos en el peaje del 25 de abril de Lisboa, casi es más rápido cruzar en barco que por un puente como ese.
En apenas veinte minutos estábamos en Sicilia.

Messina es una ciudad bastante nueva ya que, como su vecina Reggio Calabria, fueron violentamente azotadas por un terremoto en 1908. Esta arquitectura le confiere un aire que recuerda a algunas ciudades francesas.
Llevamos pocas horas aquí pero no hemos perdido el tiempo. Ya hemos probado dos de los productos emblemáticos de la isla, ambos por sugerencia de Salvatore: los arancini y los cannoli. Los primeros son unas bolas de arroz rebozadas y rellenas de carne, verduras y queso. Los segundos unos canutillos de masa quebrada rellenos de ricota. También hemos hecho un aperitivo vespertino, como suelen estilar los italianos.

Ya hemos hecho algunos de los deberes culinarios pero mañana empezará realmente la aventura siciliana de nuestro periplo.

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